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Sin enojarse

Aparecen buenas noticias para la marcha de la unidad, o mínimamente unión.

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Por Eduardo Aliverti para Página 12 | 

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Sin enojarse
18.02.2019 08:37 |  Aparecen buenas noticias para la marcha de la unidad, o mínimamente unión.

De a poco, salvo para la urgencia de comentaristas diversos, surgen signos positivos. Sobresale el acuerdo logrado en Santa Fe, que incluyó al Frente Renovador al igual que en La Pampa. En Entre Ríos también se cerró un pacto amplio. Chubut es otro ejemplo, como Neuquén y Río Negro. Se suma San Juan. Similar a lo que sucede con las intendencias de los cordones bonaerenses y con dirigentes o sueltos varios que, hasta ayer nomás, sólo se preocupaban por mostrarse espantados si les hablaban de arreglar alianzas básicas con el espacio kirchnerista.

Hay relación directa entre esas concreciones de agrupamiento opositor y un cuadro económico dramático, del que ciertos aspectos en la narrativa oficial parecen surrealistas. Macri dijo que la inflación está bajando, al borde de difundirse que el índice de enero llegó a un 2,9 por ciento. ¿No le avisan? ¿Se desboca por su incontinencia rudimentaria? Porque encima, en Capital y GBA, llegó el nuevo tarifazo en el transporte público. Agréguense algunos síntomas de fisuras en la alianza gubernamental y su bloque dominante, con tope por ahora en radicales díscolos -lo díscolos que pueden ser los radicales- y en el enfrentamiento con Techint por la quita de subsidios. Nada grave, pero atención porque ya se registra de sobra que los contactos de referentes empresariales con CFK y Axel Kicillof son cada vez más frecuentes.

Quitado el enchastre de los escándalos judiciales que confunden a medio mundo, que pasaron a ser el ardid oficial para vender que de última somos todos iguales y que en esa maraña es mejor malo conocido (Cambiemos), una plataforma clave del Gobierno continúa siendo la plata que vuelca en el conurbano. Si no fuera por esos fondos que controlan al incendio social, más el clima de represión que se vive allí, otro sería el cantar. De algún modo es extravagante: se pensaba que el macrismo dejaría de lado a los sectores bajos de la pirámide, para consolidar el apoyo en la clase media. Ocurre que sostiene por abajo y liquida a la clase media.

Mientras tanto, y según se conoció a través de los últimos datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), la deuda argentina ya se acerca al ciento por ciento del PBI (97,7%). En 2015 era la mitad. Significa que se debe el doble del tamaño/producción de la economía, cuando se incluyen los desembolsos del FMI en octubre y diciembre del año pasado. Lo acordado para éste es que el Fondo gire otros 29 mil millones de dólares, e inclusive más luego de octubre, creando un escenario técnicamente catastrófico para después de las elecciones.

Macri lo hizo, pero es peor todavía porque el 75 por ciento de la deuda está en dólares. Esa proporción, a 2015 y como lo reconocen hasta los voceros del establishment, no llegaba al 15 por ciento. Un monto de deuda en moneda extranjera que reitera la obviedad de cómo Argentina podrá pagarlo si no genera divisas, al revés de otros países que emiten deuda en moneda doméstica y a tasas relacionadas con las que crece su economía.

Somos los más endeudados de la región. En un proceso recesivo galopante. Y eso tampoco es lo peor, porque ni el endeudamiento ni las perspectivas son a cambio de reforma estructural alguna para achicar el déficit ni para invertir en sentido productivo. Es solamente para facilitar la fuga de capitales.

Entender la secuencia operativa del Gobierno debería estar al alcance de cualquiera con un gramo de frente, porque además la experiencia histórica es implacable (la última dictadura, el menemato, y ya esta misma gestión con herencia propia). Pero, sobre todo de cara a las franjas de clase media y como resumió Claudio Scaletta en su contratapa del Cash el domingo pasado, el adversario teórico lleva una amplia delantera que los macristas sintetizan en la penuria del único camino posible. “Son años de Tiempo Nuevo, de Hora Clave, de Periodismo para Todos, de cientos de miles de horas de radio con el desfile de los economistas pagados por el poder económico repitiendo su discurso (…) La insistencia publicitaria logró, por ejemplo, que la población no especializada (politizada, diríase) asuma algunos de sus axiomas económicos como si fuesen verdades indiscutibles. Y más todavía, como si fueran parte indisoluble del sentido común”.

Veamos este otro “sentido común” que, también, hasta pudo verse relatado por algún forista en uno de los medios hegemónicos. Para fugar un capital es necesario comprar dólares a un precio “razonable”. Ahí intervine Macri y le pide al Fondo un préstamo que le inunde de dólares el mercado para evitar que suba a 50. Los amigos de Macri compran esos dólares a través de bonos, que venden en el exterior con una quita, y dejan esos capitales tranquilitos en un banco fuera de Argentina. Los perejiles que pagan la cuenta son los que no pueden fugarse. Lo único que tienen (en el mejor de los casos) es una empresita, una casa, su trabajo, una jubilación, cualquier cosa imponible que no sea trasladable fuera de la jurisdicción impositiva de la Argentina. Esos son los que tienen que pagar la cuenta de la que huyeron los grandes capitales amigos del Presidente y, encima, la de la deuda generada para que pudieran fugarse. Más la que continuará disparándose mientras los extraviados, de esos que aún sobrarían gracias al triunfo publicitario de los verdugos, creen que se liberaron del cepo cambiario. Ahorrar en divisas les quedó de fantasía, pero lo importante es que creen en la libertad de quienes los compran ya ni siquiera con el único límite de 5 millones de dólares por mes.

Esa es la bomba que espera. La de la deuda.

No se puede perder de vista a los publicistas de Macri. El centro de su táctica es y será la corrupción K, meter bala, bolsonarizarse, Patricia Bullrich (por más mentira que parezca), la lucha de Heidi contra las mafias bonaerenses y aquello de que estaremos mal aunque un poquito mejor que la horripilancia del pasado. Eso de que “prefiero estar peor con Macri que mejor con Cristina”. Si tampoco se puede creer, no estaríamos hablando de que la lucha parece pareja.

A todo eso debe adosarse que, frente a la bomba del endeudamiento externo, volverán a trabajar que el único camino es éste. Seguir endeudándose y confiar en los amigos internacionales de Macri porque no lo dejarán solo, porque el mundo se acuesta a la derecha, porque Vaca Muerta, porque ya exportamos cerezas a los chinos. Cierran unas 40 pymes por día, de acuerdo con la data coincidente del “mercado” y sólo por tomar una ejemplificación que ni siquiera es la más terrible, pero el futuro ya llegará.

Para desbaratar ese discurso sádico, la unión electoral que parece estar en marcha requiere de complementarse con una retórica realista, firme, convincente hacia las franjas medias decepcionadas con esta calamidad que gobierna la Argentina. Un discurso capaz de, si no re-entusiasmar a los indiferentes, por lo menos atreverse a una cana al aire menos conservadora, un poco más audaz. Habrá que empezar a ponerle nombre a unas propuestas de ese tenor, y algo de eso también despunta.

La figura está y se llama Cristina, que es la única con votos. No hay otra por ahora. El tema es si, además de líder indiscutible del auténtico espacio opositor, de los sueños de una enorme porción de los argentinos que con ella y con Néstor vivían indiscutiblemente mejor, sabrá ser conductora política. Conductora del barro que se necesita para ganarle a Macri, en la articulación electoral. A estar por los datos y las inferencias, falta comprobación empírica pero parecería que sí. Van a tirarle con cualquier cosa. De hecho, en unos días comienza su desfile por tribunales. Tienen amenazada a su hija por una causa de cuando Florencia tenía 13 años. Van a seguir carpeteando a como venga. Ya lo hacen. Nunca se vio algo así, con esta intensidad, y no habrá de poder creerse lo que vendrá.

Se vienen los momentos, el período electoral, las decisiones discursivas, en los que -como coincidíamos hace unos días con Beto Quevedo, el director de Flacso- debería quede claro que a Macri no se le gana solamente denunciándolo.

Ya está el desastre que hizo. Pero si en el imaginario colectivo suficiente no hay una propuesta superadora, podría continuar haciéndolo.

La gran pregunta es qué se hace con desencantados y apáticos.

Enojarse, seguro que no.
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