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Temores y certezas sobre una apertura económica

Argentina continúa siendo una economía con baja participación del comercio internacional en su PBI: tuvo en 2018 exportaciones de bienes y servicios por niveles que equivalen aproximadamente a 16% de su PBI e importaciones que representan 19% del PBI.
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Por Marcelo Elizondo para Clarín | 

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Temores y certezas sobre una apertura económica
04.01.2019 09:40 |  Uno de los temores que invade la discusión sobre la necesaria apertura económica argentina es la presunción de que una mayor exposición de nuestro sistema productivo al mundo afectaría seriamente los niveles de empleo.
 
Argentina continúa siendo una economía con baja participación del comercio internacional en su PBI: tuvo en 2018 exportaciones de bienes y servicios por niveles que equivalen aproximadamente a 16% de su PBI e importaciones que representan 19% del PBI.
 
Ello la ubica en el lote de las 15 países con menor ratio del planeta, por lo que una futura mayor apertura será inexorable si se pretende incrementar la calidad y la dimensión de nuestra producción de bienes y servicios.
 
Pero cuando esto se propone (dado que la apertura implica mayores exigencias de productividad para la exportación y mas exposición a la competencia por la importación) el instinto lleva a suponer que se afectaría necesariamente el empleo.
 
Pues evaluando lo que ha ocurrido en 2018 en nuestra región, la realidad no parece confirmar la causa del temor.
 
Los países con mayor grado de apertura en Latinoamérica son Paraguay, México, Chile, Perú y Ecuador (su comercio internacional equivale al 85%, 78%, 56%, 47% y 42% del PBI respectivamente), todos con altas exportaciones e importaciones.
 
Y esos países son los que menor tasa de desempleo muestran (en el tercer trimestre de 2018 -según OIT- 6,7%. 3,3%, 7%, 4,5% y 4,2% respectivamente). Contrario sensu, las economías con menor participación del comercio internacional en su PBI en la región son Brasil, Argentina, Colombia y Uruguay; y son ellos los que mayor tasa de desempleo exhiben (12,5%, 9,4% 9,8% y 8,4% respectivamente, todos mayores al promedio de la región). Argentina y Brasil, además, son las que tienen menor tasa de ocupación; y Argentina adicionalmente es la de menor tasa de participación laboral. Al parecer, la apertura (que implica mayores exportaciones pero también importaciones) no genera necesariamente afección en el empleo sino que en éste inciden otras cuestiones tales como el nivel de actividad económica, la tasa de inversión (que en Argentina es la menor de Sudamérica), la calidad de las regulaciones laborales y la formación de los recursos humanos.
 
Argentina deberá modernizar no pocos aspectos de su economía y los niveles de apertura (emisiva y receptiva) serán parte de ello.
 
Eso exigirá la mejora en los niveles de productividad y requerirá -ente otros cambios- recalificar sus trabajadores, que, si aquello se produce, tenderán a formar parte de una economía más tecnologizada en la que el conocimiento (el más relevante factor de producción hoy, por encima del capital, el trabajo y los recursos naturales) es el elemento crítico, y el capital intelectual será definitorio.
 
Un consecuente segundo temor supone que avances tecnológicos destruyen empleo, pero la evidencia hasta ahora muestra que (según The Economic Intelligence Unit) los países con mayor preparación tecnológica son Finlandia, Suecia, Australia, Austria, Alemania, Holanda, Singapur, Japón, Corea del Sur, Taiwán, EE.UU. y Canadá y las tasas de desempleo (según OIT) en ellos son menores que en Argentina.
 
Entre otros, está convocado a este desafío, por ende, el sistema educativo, que tiene dos grandes fines: contribuir a generar mejores personas y dotarlas de capacidades útiles.
 
Ello poco tiene que ver con los viejos contenidos de la instrucción del siglo XX. Una pregunta para hacerse, entonces, es quién (y cómo) preparará a los futuros trabajadores.
 
La escuela está atrasada y buena parte del sistema universitario sigue trabajando en base a asignaturas y disciplinas que han envejecido y cuyos límites temáticos se han diluido. Muchas “materias” ya no representan un paquete de contenidos sistémico abarcativo adecuado, y las “carreras” no siempre responden a las exigencias amplias de la época. La instrucción hoy, más que informativa o aun formativa, debe ser performativa (para la acción) Para prepararse para dar el salto habrá que reformular procesos generadores de capital humano desde la escuela, pasando por la universidad y continuando con la propia empresa.
 
El nuevo trabajo está requiriendo cinco tipos de habilidades centrales: las básicas (lenguaje, aritmética, lógica), las técnicas (las propias de cada profesión pero también las interdisciplinarias), las instrumentales (computacionales, gestión de la información, manejo de tecnologías), las personales (empatía, optimismo, iniciativa, persistencia, capacidad de resolver problemas, de entender y dar sentido, pensamiento adaptativo y pensamiento crítico, gestión de la carga cognitiva, administración de emociones) y las sociales (interculturalismo, capacidad de trabajo en equipo, capacidad de organizar y hacer funcionar, adaptabilidad, liderazgo, basamento en roles más que en jerarquías).
 
Al parecer una mayor integración internacional y una más alta complejidad tecnológica están en el destino. Mas que temores conviene enfrentarlas con confianza, y ella derivará de las certezas que provee la evidencia. 
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