| POLÍTICA

Donald Trump y Jerusalén, dos granadas sin espoleta

 La decisión del presidente de Estados Unidos de reconocer a la antigua ciudad como capital de Israel anula el papel mediador de Washington en Oriente Medio y abre un escenario imprevisible. 
  • achicar
  • agrandar
  • Imprimir
  • enviar

Marcelo Cantelmi para Clarín | 

07.12.2017 12:06 |  Donald Trump acaba de hacer historia en una magnitud que quizá ni el propio magnate presidente ha evaluado. Con su breve anuncio sobre Jerusalén como excluyente capital de Israel, el mandatario norteamericano destruyó años de potencia mediadora de Estados Unidos en un conflicto crónico y explosivo que compromete la seguridad internacional. Este es el mayor efecto de esta novedad. Esa constatación explica el inmediato repudio mundial que recogió el mensaje de la Casa Blanca. La reacción no fue en respaldo de las demandas palestinas, sino por la ansiedad de que no se quiebre el status quo de una situación sujeta de hilos cada vez más endebles.

El gobierno de Benjamín Netanyahu fue el único que celebró, pero debería ser cauto y no traducir este paso como una victoria sino como resultado de una imprudencia.

No se advierte que esta acción de Washington sea consecuencia de una meditada planificación estratégica. Por el contrario irrumpe de modo negativo contra la propia agenda de EE.UU. para la región unificando aliados y enemigos en una misma vereda justo en momentos que se está tejiendo la posguerra en Siria, con Irán y Rusia coronados como los conductores de ese espacio.

Tampoco es posible observar esta movida sin tener en cuenta el marco interno en el cual es adoptada. Trump cumple su primer año en la Casa Blanca con un apoyo mínimo para cualquier otro presidente que toca el 35% y confrontado por un avance imprevisible del escándalo del Rusiagate. Esa investigación sobre el involucramiento de Moscú en mucho más que la campaña presidencial de 2016, compromete ya su círculo intimo tras la confesión de haber mentido al FBI que hizo su protegido y efímero ex asesor de seguridad nacional Michael Flynn. La comisión que revisa estas conexiones apunta ya a una connivencia más vidriosa con el Kremlin, que ligaría a lavado de dinero y otros revoleos mafiosos, según consignó hace apenas horas The Guardian de Londres.

Puede pretenderse que esta decisión sobre Jerusalén no este determinada por ese embrollo doméstico, pero es indudable que la contamina totalmente.

El mensaje de Trump mostró las inconsistencias de algo poco meditado. Defendió la demanda israelí de que esa ciudad sea su capital, pero al mismo tiempo sostuvo que respalda una “solución de dos estados”. Pero esa fórmula incluye precisamente el destino de Jerusalén este como capital del futuro y pendiente Estado Palestino. Sostuvo que este es “un paso necesario para la paz” pero dejó en el desamparo las demandas palestinas que ahora se volverán radicales.

Los efectos inmediatos de esta medida son una serie de disparos en el pie también para el propio Trump. Derrumba el lento tejido que el yerno del presidente Jared Kuschner, su virtual canciller en las sombras –y también en el blanco del rusiagate-, venia labrando con la corona saudita y con Israel para limitar la expansión de la teocracia persa en la región tras el virtual final de la guerra interna en Siria. Irán se ha fortalecido con ese conflicto, con un brazo que toma Líbano, Irak, Siria y alcanza al desmadre de Yemen.

Ahora todos estos jugadores, incluyendo a Turquía, se amontonarán en el mismo espacio con sus propios relatos.

El siguiente agravante es la tensión que tomará formas violentas por el extremismo que se liberará desbordado de justificaciones en medio de esta ira en el mundo árabe. Y, en fin, el aislamiento con que Trump acaba por agravar la situación objetiva norteamericana. Ya Alemania, la mayor economía europea advirtió que no se puede contar con EE.UU. por su furor proteccionista pero también por su erosión estratégica.

Es cierto, se dirá. Trump ya se había puesto en contra a la comunidad internacional con su desprecio a las regulaciones climáticas; su repudio al histórico acuerdo de desnuclearización de Irán que lo enfrentó tanto a Tillerson como a su ministro de Defensa James N. Mattis, o el coqueteo incesante con las formaciones de ultraderecha y neofascistas europeas. Pero esta medida innecesaria desborda las anteriores.

“Oriente Medio es la mayor usina de odio que enfrenta la humanidad“ había advertido hace años el inigualable Eric Hobsbawn. Comprender el tamaño de ese desafío implicaría asumir la enorme cuota de prudencia que supone. Pero es probable que Trump jamás haya leído al notable historiador inglés y no sepa siquiera de quién se trata.
  • achicar
  • agrandar
  • Imprimir
  • enviar


contacto@opinafe.com.ar
Santa Fe

Copyright 2011 | Todos los derechos reservados.