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Mucha gente, pese a todo y a tantos

 “Hay mucha gente” comentan, satisfechas, diversas personas que se van cruzando con el cronista.
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Por Mario Wainfeld para Página 12 | 

Imagen: Sandra Cartasso

Mucha gente, pese a todo y a tantos
02.11.2017 13:02 |  “Hay mucha gente” comentan, satisfechas, diversas personas que se van cruzando con el cronista. Es ostensible que ellas mismas son “gente”, que aluden al conjunto que integran. Ocurre que les preocupaba que el miedo achicara a la muchedumbre.

La clásica satisfacción en cualquier convocatoria masiva se combina con el alivio de notar que “la gente” (cada uno y cada una) desafió el amedrentamiento de los servicios, los medios y las fuerzas de seguridad.

Se movilizan para reclamar, hacerse ver, mostrar imágenes de Santiago Maldonado, para escuchar a Sergio, el hermano al que la tragedia forzó a tomar el rol de patriarca. “No cuenten conmigo para sacar odio y división en la sociedad” dice el hombre, con tono centrado, convincente.

Conmueve que se exprese así el ciudadano común que debió cuidar durante horas el cuerpo de Santiago, yacente en el agua helada para prevenir manipulaciones en la cadena de custodia. No es él quien debe dar explicaciones ni quien tiene que aprender a ser respetuoso con los demás.

La diputada Elisa Carrió, después de dedicarse al cálculo de posibilidades sobre el bolazo de Chile, sostuvo que en su momento la sociedad le pediría perdón. Un editorial del diario La Nación exige “Pedir perdón a la Gendarmería”. La multitud que recorre las calles u ocupa la Plaza no sigue sus aviesos consejos. No pide perdón: reclama justicia y esclarecimiento.

Nadie creyó en las primeras versiones (una retahíla de mentiras) del gobierno y de la prensa dominante. Nadie acepta que ahora pretendan cerrar el caso sin que se investiguen la represión ilegal con armas y piedras, la connivencia del Ministerio de Seguridad, los intercambios de llamadas entre gendarmes y funcionarios nacionales, solo para empezar. Las conclusiones de la autopsia están pendientes, formadores de opinión afamados y la Casa Rosada adelantan o, mejor dicho, dibujan en el aire sus conclusiones.

Transcurre una bella y templada tarde porteña. Quien camine al solcito podrá acalorarse de lo lindo. Ni qué hablar los que saltan, le dan a la percusión, los que corren porque se separaron de la columna o porque buscan a los viejos, a los hijos, a los amigos o los compañeros.

A su vez, quien se mueva tranqui por la sombra sentirá el aire fresco como una bendición.

Aquellos que vinieron por el chori, la birra o la coca podrán saciar sus ganas. Incluso reorientar su demanda hacia bondiolas, hamburguesas, empanadas u otros alimentos más adecuados para la hora de la merienda: chipas, sanguches de salame y queso, tortas fritas. O adornar la Coca con fernet, que sabe mejor.

Eso sí, tendrán que ponerse porque nadie les paga por participar. Los que van, lo hacen por propia voluntad y conciencia. Da ganas de aconsejarles que aprovechen el momento porque sus pequeños gustos le costarán más caro pronto. La reforma fiscal del Gobierno se propone elevar los precios de las bebidas alcohólicas o gaseosas mientras reduce las retenciones a la soja y baja la alícuota de Ganancias para las empresas, a las que también se aliviará del pago de Ingresos brutos. Extraña redistribución “gradual” del ingreso, que se engalana imaginando un coeficiente de actualización jubilatoria que produzca aumentos menores a los reconocidos por ley todavía vigente.

La Policía no hace alarde de presencia en las avenidas que llevan a la Plaza. Hay móviles en paralelas o a pocas cuadras, alguna moto que cruza una calle transversal sin tocar sirena.

Los “servicios” andarán por aquí y allá, parte de su experticia es mimetizarse con la gente.

Son puntal del dispositivo para meter miedo que comentamos antes. El juez federal Marcelo Martínez de Giorgi coopera con las patotas “anónimas” procesando a 22 personas que se manifestaron o trabajaron en una movilización anterior, la del primero de septiembre.

Hay entre ellos cuatro periodistas (los detenidos fueron cinco, se sobreseyó a uno) a quienes los uniformados golpearon, arrojaron gas pimienta y acusaron con cargos falsos. Martínez de Giorgi innova en la criminología occidental. Dibuja las acusaciones para procesar por delitos federales, embarga a personas de escasos recursos por millones de pesos, castiga a laburantes de medios alternativos.

Como sea, la prepotencia y la ilegalidad ayer no les bastaron ni a los servicios ni a sus aliados de Comodoro Py. Habrá miles de imágenes de la jornada: selfies o tomas de profesionales con convicciones aunque no siempre con conchabo. Son colegas de quienes hicieron un aporte fundamental para dilucidar los asesinatos de Maximiliano Kosteki, Darío Santillán, Mariano Ferreyra y de las decenas de argentinos matados en la previa de la renuncia del ex presidente Fernando de la Rúa.

Las columnas de partidos políticos se cruzan con las de organizaciones sociales o sindicales, con las de La Poderosa, con la de trabajadorxs de PepsiCo que siguen en lucha. Son casi todas mujeres, para ellas también hubo goma como castigo por clamar contra un lock out patronal.

Luis D’Elía camina al frente de una columna, tiene un largo recorrido en calles, plazas y rutas. Sus posturas políticas son discutibles, es un cuadro inorgánico del que se quejan muchos de sus ex aliados. Como fuera, es militante y dirigente social desde hace más de treinta años, precursor de muchas modalidades de lucha que ahora son habituales.

En estos días un Tribunal Oral Federal lo juzga por un par de presuntos delitos, entre ellos la famosa toma de una comisaría porteña, que alguna prensa parece equiparar al atentado contra las Torres Gemelas. Pocos recuerdan que fue una reacción de vecinos de la Boca porque un informante de la Federal había asesinado disparándole varios balazos a Martín Cisneros, militante barrial noble y comprometido. Sus compañeros lo apodaban Oso por razones evidentes para quien lo hubiera visto.

La Policía encubría a su protegido, Juan Carlos Duarte, se negaba a detenerlo. La gente, cómo no, protestó, copó la comisaría 24 en defensa propia y consiguió que el criminal fuera detenido, luego condenado por homicidio calificado.

Si le suena conocida la historia de las fuerzas de seguridad encubriendo y personas del común resistiendo, poniendo el cuerpo para impedir la impunidad no es pura coincidencia. Por eso marchan tantos argentinos, aun cuando se los amenaza, estigmatiza o, dentro de lo posible, se los invisibiliza.

Una mujer de anteojos, mirada dulce, llama al cronista por su nombre de pila, le da una pechera negra con la imagen de Santiago, esa mirada que tantos conocemos.

“¿Me la regalás?” –pregunta uno, tal vez autocentrado.

“Las estamos regalando. Somos un grupo de enfermeras, hicimos 400.”

El cronista se la calza, él también es gente. Mucha hay, dice o escribe en tercera persona.

Clama por Santiago que luchaba por sus ideales, sin agredir a nadie, sin levantar la mano. El no quiso ser víctima, tampoco su familia que fue honrada en la Plaza, en otras de la Argentina, de todo el mundo.

En Londres, por ejemplo, estuvo Nora Cortiñas, infatigable Madre de Plaza de Mayo. La lógica indica que habrá ido hasta allí en avión pero si alguien contara que llegó caminando, uno estaría dispuesto a creerle.
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