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Amores y odios en clave coreana (o cuando no todo es lo que parece)

 La crisis con Pyongyang es un peso en las espaldas de China, una consecuencia que aprovecha Occidente. Para el líder ruso Putin, es una oportunidad. 
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Marcelo Cantelmi para Clarín | 

Vladimir Putin y su colega chino - Foto: Clarėn

Amores y odios en clave coreana (o cuando no todo es lo que parece)
09.09.2017 13:36 |  El juego de proporciones que construye la crisis de Asia indicaría que cuanto más se agrava la amenaza de Corea del Norte, mayor es el embarazo que le produce a China. Al menos, esa perspectiva aparece en el ambicioso arenero geopolítico occidental. La noción es simple y no esta completamente errada, aunque descarta algunos aspectos centrales en el diseño, como veremos más adelante. Supone que si la dictadura de Pyongyang sigue aumentando su rango de peligro, Beijing deberá contenerla para evitar que lastre su propia estructura de seguridad. Ya algo de eso está ocurriendo. De la mano de la creciente amenaza del régimen norcoreano, como nunca antes está avanzando la presencia occidental en la región.
 
El nuevo presidente socialdemócrata de Corea del Sur, Moon Jae-in, que era reticente a dar luz verde a ese movimiento, acaba de ir sobre sus pasos y aceptó que parte del arsenal nuclear norteamericano que estaba en ese territorio hace un cuarto de siglo, regrese como medida disuasiva. También dispuso que se finalice la construcción del sistema antimisilístico Thaad, que había bloqueado en aras tanto de una negociación con el Norte que jamás avanzó, como para no agravar sus relaciones con Beijing que observa con recelo esa instalación. El Thaad (siglas de Terminal High Altitude Area Defense) es mucho más que un mecanismo de defensa. Incluye potentes radares de banda X que pueden peinar todo el territorio norcoreano, pero también el chino y el ruso. Es por eso que estas dos potencias unen su repudio a ese artificio y está allí la causa de un distanciamiento con pocos precedentes entre Beijing y Seúl .
 
El paquete incluye, además, el emplazamiento de un portaaviones nuclear norteamericano con bombarderos estratégicos, y cazas, en un crecimiento exponencial del músculo militar de Washington en espacios que son de influencia directa de Beijing y, en menor medida, de Moscú. En la cresta de la misma ola, el primer ministro japonés Shinzo Abe está dando aire a la amenaza de Pyongyang para justificar un cambio en la Constitución de pos-guerra que rige a su país para estructurar un poder militar ofensivo y no solo defensivo. Esa carrera armamentista la favorece el propio Estados Unidos al anunciar, apenas horas después del último ensayo nuclear de la dictadura coreana, que venderá armamento “altamente sofisticado” a Seúl y a Tokio. Esta descripción suma otro aspecto tanto o más inquietante: una línea roja de imprevisibilidad.
 
El régimen de Kim Jong-un ha proclamado que continuará sus ensayos misilísticos con proyectiles intercontinentales de gran porte como el que lanzó recientemente sobre la isla Hokkaido de Japón. Según su relato, ese fue el primer experimento de una serie con escenario en el Pacífico para perfeccionar estas armas que pueden dar la vuelta al mundo. Pero también para exhibirlas como una reacción a los ejercicios militares de EE.UU., Corea del Sur y Japón orientados ya para un escenario de guerra concreta, como si el conflicto fuera inevitable. Aunque no se quiera caer en ese pozo, si llegara a producirse un accidente o un fallido en las pruebas de esos proyectiles, la crisis se deslizaría como una piedra al abismo.
 
La desconcertante y por momentos embrollada presidencia de Donald Trump también forma parte de esa línea roja. En medio de este desafío que requeriría dosis de alta sabiduría y serenidad, el magnate hizo lo contrario a lo que enseñan los libros de estrategia. Cuando más lo necesita, maltrató públicamente a su colega Moon, le reprochó “pasividad” frente a Pyongyang e insinuó que suspenderá un crucial tratado de libre comercio bilateral empujando a una pasmada Corea del Sur a volcarse bajo el ala de China. Este comportamiento inmaduro es el que alerta sobre qué sucedería en el terreno militar con la conducción de la Casa Blanca si la caracterización del litigio padece de estas levedades.
 
Desde la mirada pragmática de muchos estrategas de EE.UU., este concierto de desafíos, incluso con esas dosis de incoherencia del magnate presidente, tiene un costado favorable al generar una presión única sobre Beijing. La intención es que el Imperio del Centro acabe por comprender que pierde sentido mantener ese buffer estratégico en su frontera configurado por una dictadura pseudo comunista que ha sido un aliado crítico y poco confiable. Es, en todo caso, la factura del propio descuido chino que no limitó a Pyongyang cuando podía hacerlo, para reducir la enorme autonomía que ha exhibido el extravagante reino norcoreano.
 
Semejante paso, que implicaría que China le suelte la mano a Corea del Norte, dejaría a Occidente en una posición ganadora, con el mando sobre la totalidad de la Península. Tal evolución verificaría, además, que la crisis coreana, con su gravedad indudable, es un escenario de un conflicto de otra envergadura, en otro espacio, vinculado con la cohabitación de las dos mayores potencias del globo. Una contradicción que se agudiza en momentos que China avanza con un ambicioso proyecto de apertura económica sobre la senda de una nueva Ruta de la Seda que multiplicará su capacidad de desarrollo, acumulación y competencia comercial en el mediano plazo.
 
Esta crisis ha potenciado efectivamente las ventajas estratégicas occidentales con el pretexto del surgimiento de un demonio que lo es para todos. Es desde esa visión que puede comprenderse que Trump pueda argumentar ahora, sin preocupación por desmentirse, que la militar no es su primera opción para enfrentar este entuerto. La apuesta es a una lenta agudización de la crisis que permita a Washington continuar enhebrando sus propias puntadas. Del otro lado, debido a sus intereses, Kim acaba contribuyendo a constituirse en una coartada pero de un tablero que incluye sólo de costado a Corea del Norte. Así, si en el origen de este drama parecía poco realista el despliegue militar que ahora se confirma en la zona, la situación lo ha ido justificando. A punto tal que China traga saliva y se ve obligada a avalar en el Consejo de Seguridad de la ONU que “se tomen las medidas necesarias” contra su impresentable aliado.
 
El líder del Kremlin, Vladimir Putin, apuntó a esa trama esta semana en Vladivostok, durante el Foro Económico Oriental que organiza su gobierno para atraer inversiones al Lejano Oriente. Remarcó allí que “es obvio” que lo que hace Pyongyang “es una provocación”. “Ellos buscan una reacción y la consiguen. ¿Por qué hacerles el juego?”, se preguntó. La retórica de Putin apenas enmascara las intenciones. El presidente ruso hizo ese comentario frente a su colega Moon y una nutrida delegación norcoreana. Sostuvo que el camino a seguir va en dirección opuesta al que impone Occidente. En lugar de aislar a la dictadura de Pyongyang se debería volcar una masiva corriente de inversiones extendiendo gasoductos, líneas eléctricas y sistemas ferroviarios desde Rusia y entre las dos Coreas. “Estas iniciativas generarían no solo un beneficio económico, sino que ayudarían a construir confianza y estabilidad en toda la península coreana”, proclamó.
 
Washington debería estar atento a esos movimientos. Moon, aún herido por los reproches de Trump, recibió el mensaje como una restauración de sus aspiraciones integracionistas con el díscolo Norte y cuando tomó el micrófono aludió sin vueltas a un eventual “acuerdo trilateral”, entre Seúl, Pyongyang, y Moscú. China no está ajena a ese juego de intereses. Esa propuesta liga con aquel multimillonario proyecto de “la nueva Ruta de la Seda” que regenerará las vías de transporte, carretero, ferroviario, portuario y aéreo desde el Lejano Oriente hasta Europa. Pero básicamente apagaría un conflicto en el nordeste asiático que distrae su agenda principal y potencia la garra militar norteamericana. No todo es lo que parece.
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