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Cristina detonó el voto castigo

 Aunque ella no gobierna, hubo ejemplos por todo el país.
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Eduardo van der Kooy para Clarín | 

15.08.2017 11:44 |  Cristina Fernández abandonó a las 3:43 de ayer su “acting” dócil de campaña -aquel vocablo frecuenta el psicoanálisis- para ser por un ratito la que siempre es.
 
Denunció fraude y manipulación de votos en Buenos Aires. Culpó a Mauricio Macri.
 
El recuento la dejó a 8 décimas de Esteban Bullrich. Uno de sus discípulos aún con vida política hizo lo mismo. Agustín Rossi, el ex ministro de Defensa, cuestionó la lentitud de la carga de sufragios en Santa Fe. Allí, con la suma entre kirchnerismo y peronismo, superó por la uña al candidato único de Cambiemos.
 
En ese par de episodios los kirchneristas lograron encender un espíritu que permaneció apagado durante la jornada de las PASO.

Los triunfos en Tierra del Fuego, Río Negro y Chubut significaron poquísimo. Sobre todo comparados con la hecatombe en Santa Cruz.
 
Aquel espíritu se visibilizó en otra cosa. La capacidad para la adulteración. La tenacidad para componer siempre un relato.
 
Cristina se quejó por la parsimonia del escrutinio bonaerense. Además se declaró ganadora aunque las cifras no la avalan. Ella posee su propia composición: 33,85% contra 33,71% de Bullrich. A lo mejor los días le dan la razón.
 
Habló también de bochorno, sin reparar un minuto en la historia fresca.
 
En las PASO de 2015 hubo que aguardar los resultados de Buenos Aires hasta las 11 de la mañana del día siguiente. En octubre del mismo año detuvo la distribución de información hasta la medianoche, a la espera del triunfo definitivo de Daniel Scioli que jamás llegó.
 
En el balotaje de noviembre se produjo una situación similar a la del domingo, aunque a la inversa. Macri arrancó con una ventaja de 9 puntos en el conteo y no terminó pidiendo la hora porque su rival admitió la derrota con celeridad.
 
En aquel estado extendido de desmembramiento K podría estar una de las explicaciones vertebrales del nuevo mapa político que habrá que observar cómo se replica en octubre.

Pareció incidir muy fuerte en el ánimo colectivo la intención de castigar a Cristina. Incluso en geografías donde ella no tuvo absolutamente nada que ver. Podría adjudicársele al Gobierno el mérito -quizás a falta de otros- de haber sabido explotar bien aquella situación.
 
Los ejemplos del voto castigo -curioso por tratarse de quien ahora no gobierna- tuvieron manifestaciones en todo el país.
 
Aunque muchas huellas quedaron, por supuesto, grabadas en Buenos Aires. Allí Cambiemos tiene 69 intendentes, pero se impuso en 101 partidos.
 
La ex presidenta continúa pagando precio elevado por su conflicto con el campo, aquel de 2008: ganó en apenas 6 departamentos del interior bonaerense. Se defendió bien en el Conurbano, con votaciones inferiores a la de los tiempos de esplendor. Y aún con capacidad de arrebato: ganó en la intendencia de Hurlingham al delfín de Florencio Randazzo y a Cambiemos en Lanús, Pilar y Quilmes.
 
Mirando mas allá de Buenos Aires, los registros del voto castigo se tornaron más llamativos.
 
Cambiemos ganó, por caso, en Entre Ríos donde el gobernador peronista Gustavo Bordet metió a todos en la bolsa -incluidos los K- del Frente Justicialista.
 
Algo parecido ocurrió en La Pampa. El caso emblemático fue San Luis: los hermanos Rodríguez Saá (Adolfo y Alberto) estuvieron enfrentados al cristinismo hasta esta elección. Se aliaron a la ex presidenta por temor a perder. Y perdieron como nunca les había sucedido en tres décadas.

El encono contra Cristina produjo de nuevo un efecto distorsivo de las PASO. Quitó sentido y horizontalidad a la elección.
 
Se cobró algunas víctimas, en especial Sergio Massa y Margarita Stolbizer. Ninguno de los dos reuniría a esta altura chances serias para disputar en octubre las senadurías en juego.

¿Cómo harán para resguardar la lista de diputados que encabeza Felipe Solá? Todo un desafío.
 
El diputado del Frente Renovador estaría impelido, quizás, a resetear la empeñosa estrategia de transitar la “ancha avenida del medio”. De eludir la grieta. Por ahora repite sin reacción que “Ni Macri, ni Cristina: Argentina”.
 
Massa no sólo vio naufragar la ilusión de la senaduría. Su comarca y las vecindades fueron cascoteadas por Cambiemos.
 
Retuvo el invicto en Tigre por una diferencia de 0,45. Observó cómo cayeron San Fernando, de un aliado suyo, Fernando Andreotti, y San Martín, de su también amigo Gabriel Katopodis, enrolado ahora con Randazzo.
 
El horizonte de octubre es incierto porque Cristina estaría dispuesta a redoblar su apuesta en estos 60 días.
 
Se verá con qué planificación de campaña. Pretende triunfar a toda costa en Buenos Aires. No por la senaduría, ni por los fueros que tiene casi abrochados.
 
Piensa en no quedar descartada de antemano para 2019. La derrota la sentenciaría. Esa ambición podría polarizar todavía más el teatro electoral.

El cristinismo ausculta, por supuesto, los cinco puntos largos que cosechó Randazzo.
 
Se han escuchado en ese universo algunos lamentos tardíos. ¿No hubiera convenido al final abrir la interna?, preguntan, sobre todo, los pejotistas que se colgaron de la falda de la ex presidenta.

El interrogante valdría computando lo que ocurrió con Rossi en Santa Fe. El dirigente aceptó el reto de la jueza Alejandra Rodenas, que representó al PJ. Entre ambos formalizaron una PASO de volumen e intensidad, que le dio al frente un triunfo inesperado. La aventura del ex ministro K será ahora contener en octubre los sufragios de su competidora.
 
Otro dilema para Cristina resulta el comportamiento futuro de los intendentes.
 
Muchos de ellos juegan sus destinos territoriales. El 34,11% que consiguió la ex mandataria no asoma como un número tranquilizador. ¿Podrían tantear en las locales más de una punta? ¿Le pasaría lo mismo a los alcaldes alineados con Massa y Randazzo?
 
El Gobierno empezó ayer mismo a otear ese paisaje. Quedó en buena posición para la pesca. No sólo por la paridad en Buenos Aires que, en la previa, no parecía tal.
 
Los triunfos en otras provincias (sobre todo en seis que no gobierna) han significado un mensaje contundente que se irradia.
 
Gobernadores pejotistas y alcaldes bonaerenses visualizan tres cosas: la posibilidad de que Cambiemos reitere y optimice su actuación en octubre, la certeza de que la teoría cristinista del helicóptero sucumbió y la insinuación sobre que Macri podría empezar a soñar con extenderse en un segundo ciclo.

La presencia de Cristina facilitaría al Presidente la alternativa de un acuerdo con un sector del PJ para gobernar el 2018.
 
Son aquellos que no quieren saber nada con la dama. Es la tarea que puede caberle de ahora en adelante al ministro del Interior, Rogelio Frigerio.
 
De los alcaldes asustados o a la deriva se ocuparía María Eugenia Vidal. La gobernadora impresionó por un hecho sorprendente: consiguió con su campaña de los últimos días que, sin ser candidata, Bullrich y Gladys González tuvieran una transferencia de votos. Vidal cuenta para la tarea pendiente con dos ministros diestros: Federico Salvai y Joaquín de la Torre.
 
La reacción inicial del Gobierno luego de la victoria en las PASO fue de moderación.
 
El jefe de Gabinete Marcos Peña instó a no festejar nada. Frigerio recibió instrucciones para alistar el tablero del año próximo.
 
Aunque también se escurrió algún síntoma de borrachera inevitable.

Macri y Vidal prometieron haber empezado los mejores próximos 20 años de la Argentina. Difícil que sea para tanto.
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