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Lo que nos dejó el crimen de Cabezas

Veinte años después, aún se replican ciertos formatos de impunidad y corrupción que asomaron durante el crimen del fotógrafo.
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Héctor Gambini para Clarín | 

27.01.2017 14:11 |  Alberto Gómez, el comisario de Pinamar, marcó a José Luis Cabezas dándole un abrazo. Así supieron los horneros -cuatro ladrones de la localidad platense de Los Hornos- quién era el fotógrafo al que debían secuestrar. Empezó una cacería que tuvo un primer intento frustrado. Cabezas se fue antes de uno de los lugares donde fue a trabajar y los horneros no estaban listos todavía. Armaron todo para un par de días después, durante la fiesta en la casa de un empresario. Esa madrugada lo secuestraron y lo llevaron esposado hasta un camino rural. Lo mató un oficial de la Policía Bonaerense y luego le prendieron fuego al auto con el cuerpo adentro. Listo. Nadie más molestaría al poderoso empresario.
 
MIRÁ LA FOTOGALERÍA EN HD
Sin twitter, facebook ni instagram, era más fácil ser anónimo. El fotógrafo de un medio siempre era un peligro para esa obsesión.
 
Cabezas fue la comprobación fáctica de la impunidad del poder. Es decir, que alguien poderoso o su estructura podía hacer cualquier cosa adelante de todo el mundo. Así asomaron Yabrán y su exclusivo sistema de seguridad privada y pública. Miembros de fuerzas de seguridad retirados operaban con policías en actividad que a su vez tercerizaban trabajos en bandas de delincuentes comunes. La Bonaerense tenía ese know how: los ladrones iban a la Costa a hacer la temporada robando para ellos cada verano.
 
La locura a veces es simple: Si al jefe no le gusta que le saquen fotos, eliminemos al fotógrafo. Y toda la logística se volcó a conseguir eso. Así lo hicieron. En Pinamar y en verano, adelante de todo el mundo.
 
Siguió el clásico de plantar testigos falsos, acusar a los sospechosos de siempre y darle vueltas y vueltas al asunto hasta que Yabrán se suicidó y los verdaderos culpables asomaron. Perpetua para casi todos, pero ahora se cumplieron 20 años y no queda nadie preso.
 
El oficial Prellezo está libre, es abogado y en estos días presenta sus papeles para que lo acepten como escribano en la Provincia. El asesino de Cabezas va a trabajar de eso. De dar fe. Gómez se mezcla con los turistas de Pinamar, en short y ojotas, y refunfuña, cuando alguien lo reconoce: Yo no le tengo que dar explicaciones a nadie. Aún le dicen La Liebre.
 
La Policía Bonaerense fue reformada desde entonces una docena de veces. Las purgas y repurgas vuelven cada año. Y entonces llegamos a enero de 2017, cuando los jefes de la comisaría de Villa Gesell son echados por encontrar a una chica salteña que se había escapado de sus secuestradores y... entregarla de nuevo a sus captores. La obligaban a trabajar limpiando casas por $6.000 toda la temporada. Para que no huyera, le quitaron el DNI.
 
Cabezas fue también un bautismo para la ingenuidad del horror. Creer que nadie podría animarse a tanto por tan poco. Una lógica racional pulverizada por un hecho monstruoso, que sin embargo se repetiría.
 
En 2006, Jorge Julio López fue a declarar contra represores en un juicio en La Plata y no apareció más. A la vista de todos, aún hoy no sabemos qué pasó con él.
 
Y en 2015 hallaron muerto a un fiscal cuando estaba en el centro de la escena y tenía a 10 policías federales asignados a su custodia. Otra vez, adelante de todo el mundo. Ahora con cámaras, twitter y facebook. Da igual.
 
La Argentina agita cada tanto ese puñado de medallas tristes. Los asesinos de Cabezas libres; los secuestradores de López en el anonimato; las preguntas sobre lo que le pasó a Nisman sin responder. En el país de Gardel, a veces, muchas veces, veinte años no es nada.
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