| POLÍTICA

El Papa, enredado en Venezuela

El 26 de octubre se informó que Nicolás Maduro se había reunido con el papa Francisco y que la Santa Sede facilitaría, junto con la Unasur, el diálogo entre el gobierno venezolano y la oposición. ..
  • achicar
  • agrandar
  • Imprimir
  • enviar

Por Loris Zanatta para Clarín | 

HORACIO CARDO

El Papa, enredado en Venezuela
26.12.2016 11:52 |  El 26 de octubre se informó que Nicolás Maduro se había reunido con el papa Francisco y que la Santa Sede facilitaría, junto con la Unasur, el diálogo entre el gobierno venezolano y la oposición. Venezuela estaba el borde del baño de sangre y el mundo aplaudió. Incluso los escépticos, entre ellos yo, esperaron que el Papa y Maduro se hubiesen entendido: ¿por qué, si no, el anuncio? Ese encuentro pareció un salvavidas lanzado a un régimen que se estaba hundiendo, una movida política arriesgada. No importa, pensé, si va a evitar la carnicería garantizando el retorno a la democracia. ¿En qué otra cosa podría basarse el acuerdo? No han pasado dos meses, y en Caracas dan el diálogo por muerto. El Papa celebra 80 años juntando a Santos y Uribe. Sin embargo, la fiesta es aguada por el espectro del vecino enfermo.
 
Ese gesto causó grandes efectos. Algunos de ellos buenos: creció la esperanza en que la crisis tendría salida pacífica; otros no tanto: el gobierno blandió la reunión con Francisco como un arma contra la oposición, la cual, ya dividida, se quebró aún más: los radicales, desconfiados y con el líder encarcelado, se negaron a hablar con Maduro, pero los moderados no podían decir que no al Papa, por lo que se sumieron en el diálogo y suspendieron las protestas. En términos políticos, el balance era claro: el gobierno había resucitado; la oposición estaba contra las cuerdas. No creo que fuera calculado. Pero así fueron las cosas. De todos modos, valía la pena, si servía para pacificar el país y volver a la normalidad constitucional.
 
Así comenzó la breve primavera de diálogo. Los enviados del Vaticano llegaron de Roma y se dieron los primeros apretones de manos. Circuló un tibio optimismo, pero algo no convencía: respecto de los objetivos del diálogo, del diagnóstico de la crisis, del papel de la Iglesia; de todo. Los objetivos: urgía la pacificación del país y la salida de la emergencia humanitaria causada por el derrumbe económico; hasta aquí todos de acuerdo. Pero, ¿cómo? La respuesta dependía del diagnóstico de la crisis. La oposición tenía argumentos sólidos: la crisis social era responsabilidad del régimen y la solución sólo podía ser política; sería el revocatorio requerido por la Constitución o las elecciones generales. Resuelta la crisis política, se podría sanar la social. Pero el gobierno no quería saber nada de esos argumentos. La crisis, escribió después de la reunión con el Papa, era debida al “sabotaje externo e interno”; no había que celebrar elecciones. Solo había un enemigo para combatir. ¿Había condiciones para el diálogo? ¿En qué se habían entendido Francisco y Maduro?
 
La Iglesia siguió al Papa y se jugó por el diálogo. Sin embargo, la impresión era que entre el Papa y los obispos venezolanos no había gran armonía. El chavismo estaba tan seguro de ello que quería tratar solo con el Papa, nunca con la Iglesia local. El hecho es que los obispos habían denunciado de mil maneras los abusos del régimen; el Papa, en cambio, evitaba mover críticas que no ahorraba a otros gobiernos; esto, a pesar de que la pobreza que justamente le preocupa crecía día tras día en Venezuela. Será que el chavista es un gobierno nacional popular querido por el pueblo católico, mejor dicho por el 30% que lo votó en las elecciones legislativas, y es hostilizado por la clase media, secular y “colonial”, tan poco amada por el Papa.
 
El diálogo no comenzó con buenos auspicios. En pocas palabras: los nudos se enredaban en lugar de soltarse y nunca se vio ningún conejo salir del sombrero de los mediadores. Mientras tanto, los actores en el drama recitaban la misma parte de siempre: el gobierno aparecía confiado, feliz por la subida de los precios del petróleo y por el triunfo de Trump, que le restituyó el enemigo codiciado; la oposición, por su parte, patética con sus divisiones y presa de un diálogo que le hacía perder el apoyo popular sin producir nada.
 
Ante la parálisis del diálogo, no se podía callar. Sobre todo porque la crisis social empeoraba: Caritas estaba allí para recordarlo. Peor aún: Justicia y Paz, órgano de la Conferencia Episcopal de Venezuela, informó que los cuerpos de doce jóvenes capturados por los militares en el estado de Miranda habían sido encontrados en una fosa común. Pietro Parolin, secretario de Estado del Vaticano, decidió entonces sacudir el árbol escribiendo a las partes: o el diálogo se hace de buena fe, o es inútil, fue el mensaje. El gobierno era el principal acusado: no se tomaron las medidas para aliviar la situación social, observó Parolin; el calendario electoral no ha sido fijado, la Asamblea Legislativa se ve privada de sus funciones, los presos políticos siguen en la cárcel.
 
Si el Vaticano seguía ilusionado con el chavismo, su reacción disipó toda duda, o así se supone, a juzgar por el ataque violento y vulgar de Diosdado Cabello, el hombre fuerte del régimen: Parolin está con los enemigos, el Vaticano no puede entrometerse en nuestros asuntos, los chavistas somos católicos. Nada nuevo para aquellos que recuerdan los conflictos de la Iglesia con los regímenes totalitarios del pasado. Pero Cabello no ocultaba su incredulidad: no podía creer que Parolin hablara en nombre del Papa, por otra parte muy silencioso. ¿Qué se habían dicho Francisco y Maduro?
 
En teoría, no todo está perdido: en enero está prevista una nueva reunión de la Mesa de Diálogo. La esperanza no ha muerto, pero la situación es peor que hace dos meses. La facilitación del Vaticano, digamoslo, no ha facilitado nada; más bien al revés. Le toca al gobierno allanar el camino para volver a la normalidad constitucional: lo ha reiterado el cardenal Urosa Savino, quien, a diferencia del Papa, no duda en denunciar el fin de la democracia en su país. Si no enfrenta ese tema, ¿para qué sirve el diálogo? Sin embargo, dada su pretensión de no ser un gobierno común, sino una revolución que redime al pueblo del mal, es difícil imaginar que el chavismo se expondrá a elecciones libres si piensa que será derrotado, como ahora pasaría. A menos que sea obligado a realizarlas. Para ser creíble, una mediación debe ir acompañada de la presión para un retorno a la forma constitucional. El Papa, me dijo un día uno de mis críticos más feroces, debe ser evangélico, no democrático. Qué lástima: ¡tenía la esperanza de que fueran cosas compatibles! El de Venezuela, es el caso típico en que, para ser evangélico, conviene ser democrático. 
  • achicar
  • agrandar
  • Imprimir
  • enviar


contacto@opinafe.com.ar
Santa Fe

Copyright 2011 | Todos los derechos reservados.