A esta altura no sé qué me resulta más ajeno: si participar de una misa, escribir en primera persona o titular con una frase de Enrique Iglesias.
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05.05.2012 16:54 | Soy de los que creen. De los que creen que el discurso de la Iglesia no hace sino reproducir las condiciones de posibilidad para que este mundo siga siendo tremendamente injusto. De los que creen que el argumento de la vida eterna exime a quienes lo usan de pelear por realidades más humanas hoy, aquí en la tierra. De los que creen que el Estado - usted, vos, yo- no debería pagar para sostener el culto católico apostólico romano ni ninguna otra religión.
Soy de los que se asombran cada vez que leen opiniones sobre el aborto, el divorcio, la homosexualidad y otros males que asuelan la tierra, como si el poder divino que sostiene el edificio de la iglesia tuviera, cada tanto, el impulso de rebasar y llegar a otros estamentos, para contagiarlos con su ideología.
Soy de los que nunca vamos a entender por qué un presidente se reúne con un obispo: por qué debería hacerlo. Soy de los que conocemos el edificio por dentro: sus rajaduras, sus humedades, su olor.
La primera aproximación al padre Ignacio fue periodística: la fama del cura obligaba a viajar a Rosario para hacer un informe. Allí me encontré por primera vez con una evidencia: gente tomada al azar, que contaba historias extraordinarias. No mentían, no había manera.
Pasaron los años y hubo algo -un estómago, un riñón, un páncreas: un dolor- que me sembró la inquietud. Por qué no ir a ver de qué iba todo ese misterio. Por qué no ponerle el cuerpo. La historia de las horas de viaje más las horas de espera más perder un domingo terminaba siempre por dominar mis argumentos. Hasta que un día, la montaña fue a Mahoma.
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La trafic pasa a las 7 por la esquina de mi casa. Mientras espero, trato de no pensar qué estoy haciendo acá quién me manda si yo no necesito y sería más feliz si me quedo tranquilita en mi casa para colmo parece que va a estar fresco y me muero si encima van rezando letanías y esta gente que no llega.
Cuando a las 8.15 pongo un pie en Paraná, un viento helado me recibe implacable. Me calzo la capucha y sigo al grupo rumbo a la plaza. 8.20 apoyo el banquito que será mi sostén durante las trece horas que pasaré a la intemperie.