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Las razones por las que Reutemann no quiso ser presidente de la Nación

 Una personalidad solitaria e individualista con el fantasma de las rebeliones piqueteras y un clima social embravecido
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Por Mauricio Maronna para La Capital | 

Imagen Ilustrativa - Foto: Google

Las razones por las que Reutemann no quiso ser presidente de la Nación
08.07.2021 18:17 |  Por qué Carlos Reutemann no quiso ser presidente de la Nación? Lo hubiera sido en 2003 con sólo decir “sí”. Que tuvo miedo, que vio algo que no le gustó. Puras mentiras. Verdades a medias. Mitos citadinos.

   La negativa a ser presidente se explica en su compleja personalidad. Ya lo dijo alguna vez don Enzo Ferrari: “¿Carlos? Un muchacho torturado y torturante”. agréguese a la explicación del dueño histórico del cavalino rampante la presencia casi vitalicia del síndrome del podio en la vida del santafesino, que tuvo alfombra roja desde los 20 años en los mejores Palacios europeo. Amigo lector o lectora: en el cockpit entra uno solo. Un presidente contiene multitudes.

  Quien se tome el trabajo de hacer revisionismo en las listas electorales de las que participó el ganador del Gran Premio de Mónaco de 1980 observará que jamás hubo algún otro nombre rutilante. Tampoco en sus equipos de gobierno en la Casa Gris.

El concheto del Malba

De haber sido candidato/presidente, el hombre debía compartir terreno con figuras y figurones, y conseguir 80 millones de dólares para la campaña. “Este es colorado como la corbata que usan los radicales”. “El rosarino del Vectra no me quiere”. “El concheto del Malba (por Eduardo Costantini) me dijo que no sea candidato, porque los empresarios se quieren dar una ducha de zurda”. Frases que, cuando se las decía a este periodista, parecían insuperables, y demostrativas de que el era su propio consultor político.

  El Lole, cuando recibió a un consultor porteño que lo conduciría en la campaña tuvo una extraordinaria anécdota. “Oiga, ¿usted quiere que yo me ponga esa corbata naranja?¿Porque no se la pone usted que anda con el poncho al viento”, lo despachó al politólogo.

  Para Reutemann gobernar Santa Fe, caminar por la vida como eterno candidato a presidente o consumir las últimas horas sin hacer nada para Santa Fe eran tareas que no necesitaban de asesores de prensa ni comunicación política. Le alcanzó a llegar a ser lo que fue con la intuición y el mito, como placebo o esfinge. Ser presidente exige una vara más alta.

Lo que faltó

Para ser jefe del Estado hay que ser generoso, construir equipos, delegar responsabilidades en otros y abrir diez mil cuentas bancarias para la campaña. Reutemann nunca quiso jugar esas fichas. “No me alcanza con vender las cosechadoras”, dijo alguna vez.

  Un día de tantos, cuando ya nadie pedía por él, desde Balcarce 50 llamo a un teléfono al que él solía llamar: “Usted no me va a perdonar nunca que yo no haya querido ser candidato a presidente. Pero le voy a decir algo, yo tenía pesadillas con Amancay Ardura colgándome de la pirámide de Mayo o con la cana reprimiendo piqueteros. Y, por sobre todo, es mi cuero”. Ardura era un piquetero de poca monta, un lumpen, casi una excusa.

  La mañana inmediatamente posterior al “no” en múltiples idiomas, verbalizado a la prensa en la Casa Rosada tras una reunión con Eduardo Duhalde, Lole invitó a La Capital a estar a las 8 de la mañana en la Casa de gobierno, en Santa Fe. “Le mando un remís”, le dijo al periodista.

  Una hermosa mañana de septiembre de 2002, Duhalde invitó a Reutemann, a Hermes Binner, a Jorge Obeid y a periodistas de la provincia a un asado en la Quinta de Olivos. Antes, se harían anuncios de obras para la provincia de Santa Fe. Todo para intentar revertir la decisión del enigmático señor no.

  El entonces senador tomó de la mano al eviado de este diario y lo llevó al interior de la sala de conferencias, un cine que había construido Menem. En un rincón, todos con los cachetes colorados, estaban Luis Barrionuevo y el eterno más influyente de Duhalde. “¿Sabe por que no quiero ser presidente? Porque tengo que gobernar con estos”, reveló. Y se fue.

  Con barba de un par de días, tirado en el piso, un arnés sobre el sillón por el dolor de cervicales y el rostro enjuto recibió al interlocutor. “La herida es de la cabeza a la planta de los pies. Nunca más voy a tener una chance de ser presidente”.

Ciao Silvio

  Ahí sonó un teléfono. Se lo alcanzó su secretario de entonces. El gobernador se calzó los lentes para ver el nombre del que llamaba y se fue a hablar al balcón principal de la Casa Gris. “Ciao Silvio”, se le escuchó decir.

  A los quince minutos volvió al despacho, se sacó los anteojos y dijo como quien se saca de encima a una mosca: “Era Berlusconi, quería saber si era cierto que dije que no”.

  El Lole no tenía amigos en la política, tenía entorno. Nunca le abrió la puerta a nadie para ir a jugar. Nunca hubo reutemismo para él, sólo Reutemann. Y terminó haciendo alianzas con Macri y rechazando la invitación de Marcos Peña a abrir cuentas en las redes sociales. “¿Cómo anduvo la reunión con Peña y los otros del PRO?”, le preguntó una tarde de febrero de 2015 este periodista. “Mucho olor a perfume importado”, respondió el dos veces gobernador.

  Fue su adiós al peronismo y a la política. Lo que vino después fue una jubilación con dieta legislativa.
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