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La economía argentina del Siglo XXI debe evitar el romanticismo

 El país necesita modernizar su paradigma productivo para crecer y mejorar sus niveles de desarrollo. La industria del software puede ser un importante motorizador.
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Por Gabriel Balbo para Ámbito | 

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La economía argentina del Siglo XXI debe evitar el romanticismo
17.12.2019 09:09 |  El tejido económico productivo de nuestro país se encuentra en general, salvo determinados nichos, operando con tecnología del siglo pasado, relaciones laborales poco flexibles, una alta carga impositiva y expectativas de ganancias extraordinarias de muy corto plazo por parte de los empresarios. Esto último sustentado en los acostumbrados vaivenes que tiene nuestra economía desde el punto de vista de sus bases, usualmente sujetas a la ideología del gobierno de turno.

Particularmente la restricción existente en tecnología nos posiciona como una economía dependiente, que para crecer requiere incorporar los adelantos tecnológicos en forma de productos (bienes de capital), no habiendo oportunidad, ni capacidad para desarrollos propios. Frente a este escenario, sólo resta tratar de comprender como funcionan las nuevas máquinas y seguir produciendo atrapados en una trampa circular: cuando la tecnología se actualice habrá que comprarla nuevamente para no perder competitividad.

De acuerdo con lo mencionado, debido a la falta de políticas activas, precisas y oportunas de desarrollo de capacidades (o a su escasez y dispersión) la economía argentina se encuentra en una disyuntiva histórica, donde debe dejar de añorar la opción de la industrialización sustitutiva de importaciones (ISI) y empezar a pensar seriamente en las cadenas de valor globales.

En tal sentido, la ISI ya no es una opción para Argentina, por haber quedado tan lejos de la frontera tecnológica: hoy existe un abismo entre la forma de producir de las naciones líderes en desarrollo industrial (EEUU, China, Francia, Corea del Sur, Alemania, etc) y nuestro país. Así, la industria 4.0 nos es extraña o, en el mejor de los casos, la incorporamos a partir de productos “llave en mano”, lo que implica alcanzar un cierto nivel de modernización del tejido productivo pero sin lograr la efectiva apropiación del mayor valor agregado que, finalmente, es transferido hacia los países productores de la tecnología.

¿Que posible solución tiene este grave problema de apropiación de la riqueza? La inserción inteligente en cadenas globales de valor puede ser una respuesta. La manera de lograr este objetivo tiene que ver con la detección de nichos de alto grado de valor donde Argentina tenga un potencial cierto para alcanzar un nivel de competitividad global. En esta búsqueda surge la industria del conocimiento, y particularmente la industria del software.

A modo de ejemplo tenemos la cadena de valor global de las telecomunicaciones, quizás una de las que más se ha transformado con los distintos saltos tecnológicos en los últimos tiempos. Si hablamos de tecnología celular móvil se puede ver como cada 10 años se avanza hacia una nueva generación con mayores prestaciones y accesibilidad, ubicándonos hoy en los albores del despliegue de la tecnología 5G. Esto implica cada vez una mayor distancia de la economía argentina a la alta tecnología y, por ende, una mayor dependencia para poder brindar productos y servicios de demanda difundida globalmente (un smartphone, una tablet, un controlador lógico programable –PLC- en la industria, etc).

Ante esta situación es descabellado pensar que podemos hacer nuestros propios chips y semiconductores; quizás resulte remotamente posible (con una larga curva de aprendizaje) lograr integrar equipamientos de redes o handsets (celulares) a partir de la generación de conocimiento propio. Lo que sí es realmente posible, además de ensamblar equipos, es desarrollar la industria del software de manera de ganar un lugar dentro de esta cadena de valor como integradores de sistemas.

Tenemos experiencia en este último sentido: la industria argentina ha podido no solamente integrar sistemas satelitales (ARSAT 1 y ARSAT 2), sino que tiene experiencia en el desarrollo de sistemas radar, adquirida en INVAP, como paradigma a seguir. De esta forma también se podría avanzar en la adquisición de capacidades propias de integrar sistemas para redes de telecomunicaciones.

Resulta muy auspiciosa la impronta que pretende darle el gobierno de Alberto Fernandez a la producción argentina, resaltando particularmente planes y programas de desarrollo de la industria del conocimiento y, dentro de ella, a la industria del software, abordadas tanto desde la óptica misma de la producción como desde la ciencia y tecnología, con sus políticas de promoción. Esto haría realmente posible alcanzar las mencionadas capacidades.

La apuesta al sector tiene fundamentos duros: desde Argencon, entidad conformada primordialmente por prestadoras de servicios basados en el conocimiento con fuerte impronta exportadora, calculan que la actividad, que hoy representa USD 6.200 millones, se duplicará en 10 años, al igual que la mano de obra empleada (que alcanzará 336 mil puestos de trabajo), y que el Régimen de Promoción de la Economía del Conocimiento va a generar en ese lapso un ingreso fiscal neto próximo a USD 1.000 millones.

Sería interesante que este esquema de generación de valor se lo fortalezca aún más con la calidad de una política pública particularmente orientada a una inserción competitiva en la integración de sistemas dentro de la industria de las telcos. Así, no sería absurdo pensar que en el mediano plazo se pueda hablar de un cluster argentino de ISVs (vendedores de software para internet) y/o IT Providers que trabajen para las operadoras de telecomunicaciones regionales a partir de desarrollos vernáculos.

El reto es importante y el mercado en juego es enorme: el tamaño del mercado global de Internet de las cosas (IoT) se valoró en USD 212 mil millones en 2018 y se espera que experimente un crecimiento del 26% entre 2019 y 2026, alcanzando un valor de USD 1.319 mil millones para 2026. Sin dudas hay lugar para todos.

El futuro próximo representa un desafío inmenso, como lo fueron las sucesivas revoluciones industriales: los desarrollos económicos y sociales propiamente nacionales, indefectiblemente vendrán de la mano de una mayor generación de riqueza local, que en el caso argentino será difícil de apropiar si no se piensa seriamente en la transformación y modernización del tejido productivo.

No menos importante es la posibilidad cierta de que Argentina alcance un status de potencia media, aquel que de manera romántica se le solía atribuir en otro siglo y que, pensando como entonces, va a ser difícil de lograr. Cerrarse al mundo no parece ser la solución sino un problema extra, generado desde un mundo globalizado e interdependiente, primordialmente por (y a causa de) la tecnología de la información y comunicaciones.

Es tiempo de verdaderos cambios.
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